INTRODUCCION
En el contexto actual coexisten una variedad de estilos y modelos de liderazgo cristiano. Unos asocian santidad con voto de pobreza, entrega y sacrificio; en el otro extremo están quienes evalúan su éxito ministerial según crecen en fama y riqueza. Los laicos, inspirados por sus líderes espirituales adoptan estos modelos para sus vidas, unos se resignan a vivir en pobreza, mientras que otros miden su fe, de acuerdo con su cuenta bancaria.
Como líderes cristianos somos responsables de modelar y enseñar un estilo de liderazgo Cristocéntrico y enraizado en nuestra teología wesleyana, el cuál vincula el servicio a Dios con la santidad social.
Preguntas clave:
- ¿Es el cristiano alguien que hace buenas obras o alguien cuya identidad ha sido transformada para servir?
- ¿El líder cristiano sirve por ser doulos de Cristo o por ser amigo de Cristo?
1. Doulos
La relación entre doulos y la santidad social se hace particularmente fecunda cuando se considera el Evangelio de Juan, especialmente Juan 13–15. En el capítulo13:1-17 encontramos una paradoja, Juan presenta a Jesús como Señor (Kyrios) y Maestro, quien simultáneamente asume la posición del siervo (doulos) al lavar los pies de sus discípulos.
En el Nuevo Testamento hay dos términos griegos que se traducen “esclavo”: doulos y diáconos. Doulos describe la condición de esclavitud y subordinación. En su sentido básico, designa a una persona que se encuentra bajo la autoridad de un señor (kyrios). No se trata simplemente de una persona que presta un servicio laboral, sino de alguien cuya existencia está vinculada a la autoridad y pertenencia respecto de otro.
En el evangelio de Juan se emplea doulos de manera metafórica y teológica. Anteriormente en Juan 8:34 Jesús afirma que quien practica el pecado es «esclavo del pecado». La imagen no describe simplemente una actividad, sino una condición de dominio. El pecado aparece como una fuerza que somete y determina la existencia humana. En este sentido, la libertad que ofrece Cristo no significa autonomía absoluta, sino liberación del dominio del pecado para entrar en una relación correcta con Dios.
Pablo desarrolla ampliamente esta idea en Romanos 6. El ser humano puede encontrarse bajo la «esclavitud del pecado» o convertirse en «siervo de la justicia» y «siervo de Dios». La cuestión fundamental no es, entonces, si el ser humano pertenece a algún señor, sino a quién pertenece. La salvación implica un cambio de señorío: la persona es liberada del pecado y colocada bajo el señorío de Dios. Esta perspectiva resulta especialmente significativa para la teología wesleyana. La libertad cristiana no significa independencia respecto de Dios, sino liberación de aquello que impide amar a Dios y al prójimo. El doulos de Cristo es libre respecto del pecado precisamente porque ha entregado su vida al verdadero Señor.
En Juan 13 encontramos, la paradoja que ha de modelar el estilo de liderazgo cristiano, Por un lado Jesús afirma: “el siervo no es mayor que su Señor”. Pero al mismo tiempo, es el Señor (kyrios), quién asume el rol de esclavo (doulos), lavando los pies de sus discípulos. En este acto, Jesús no abandona su autoridad; la redefine mediante el servicio. Este es el fundamento de la teología del ministerio cristiano: el verdadero ejercicio del liderazgo se manifiesta en la entrega y el servicio al otro.
2. Tres categorías, una identidad (Juan 15:12-17).
En la parábola de la vid, Juan 15:14-15 introduce una segunda dimensión. Jesús afirma: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer.”
El contraste entre doulos y philos es significativo. El esclavo, en la formulación de Jesús, no conoce necesariamente lo que hace su señor; en cambio el amigo participa, conoce los planes y tiene una relación de intimidad. Jesús explica que sus discípulos son amigos porque todo lo que ha oído del Padre se los ha dado a conocer. Esta afirmación no significa que los discípulos ya no deben obedecer. Este lenguaje no elimina el señorío de Cristo ni la obediencia de los discípulos; más bien transforma la naturaleza de esa obediencia. El discípulo no obedece únicamente como subordinado que recibe órdenes, sino como amigo que conoce la voluntad de su Señor y participa de su misión.
Inmediatamente después, Jesús continúa hablando de permanecer en él, guardar sus mandamientos, amarse mutuamente y dar fruto. La amistad, por tanto, no elimina el servicio; sino que transforma la calidad de la relación desde la cual se sirve. El discípulo conoce a su Señor, comparte su misión y obedece desde una relación de comunión.
A estas dos categorías que describen nuestra relación con Jesucristo, siervo y amigo, se le agrega una tercera que menciona Juan en 1:12: “Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Estas tres: hijo, siervo y amigo, pueden integrarse de manera especialmente productiva desde una perspectiva wesleyana. El hijo describe la identidad recibida mediante la adopción; el amigo expresa la comunión y conocimiento de Cristo; el siervo describe la orientación práctica de la vida hacia la voluntad de Dios.
3. La dinámica del servicio en la teología wesleyana
Desde la perspectiva wesleyana, las categorías de siervo, amigo e hijo pueden entenderse como dimensiones complementarias de la identidad cristiana. El creyente es hijo por adopción, amigo por comunión con Cristo y siervo por su disposición a participar en la voluntad y misión de su Señor. Estas tres dimensiones convergen en la santificación: el creyente, transformado por la gracia, llega a amar a Dios y al prójimo y, por tanto, a vivir una existencia orientada al servicio.
En Wesley, el creyente no sirve para conseguir convertirse en hijo. Sirve porque ha sido recibido por Dios como hijo. Esta distinción permite superar una concepción meramente servil de la obediencia. La obediencia cristiana madura no surge fundamentalmente del miedo al castigo, sino del amor.
Para Wesley, la santidad no constituye exclusivamente una experiencia interior o individual. La transformación producida por la gracia de Dios necesariamente se manifiesta en el amor activo hacia el prójimo. La santidad personal y la santidad social, por tanto, no deben entenderse como realidades separadas, sino como dimensiones inseparables de una misma vida transformada por la gracia.
El servicio es el resultado de la transformación operada en el cristiano por el Espíritu Santo. La persona puede comenzar obedeciendo porque reconoce la autoridad de en Dios sobre su vida, pero es en el proceso de santificación que la voluntad progresivamente va siendo conformada al amor de Dios. El creyente llega a desear aquello que Dios desea. De esta manera, el servicio deja de ser simplemente una obligación externa y se convierte en expresión de una voluntad transformada. En esta perspectiva, podría afirmarse que el cristiano es hijo por identidad, doulos por obediencia, amigo por comunión y siervo por amor. Estas categorías no representan tres etapas sucesivas en las cuales una reemplaza a la anterior. Son dimensiones complementarias de una relación madura con Dios.
4. Gracia y santidad social
El concepto de gracia preveniente es importante en la teología del liderazgo de servicio. Para Wesley, la iniciativa de Dios precede a toda respuesta humana. La gracia despierta, ilumina y capacita al ser humano para responder a Dios. El creyente puede responder activamente a la necesidad del prójimo porque la gracia de Dios ya está operando. Tanto en el que sirve como en el que es servido, la gracia es la que capacita. La pasividad e indiferencia a la necesidad ajena no procede de la gracia. La dinámica de la transformación ocurre cuando Dios inicia (gracia); la persona responde; el carácter es transformado; y la transformación se expresa en acciones concretas.
La gracia es lo que permite diferenciar la acción social y la acción social cristiana. Dos personas pueden realizar una acción semejante, pero sus motivaciones pueden ser diferentes. Una puede actuar por reconocimiento, interés personal, presión social o deseo de prestigio. Otra puede actuar desde el amor al prójimo producido por la gracia. Para Wesley, la motivación y la disposición interior son teológicamente relevantes.
La santificación ocupa un lugar central en la teología de Wesley. La perfección cristiana no debe entenderse como impecabilidad absoluta ni como superioridad espiritual. Wesley la relaciona fundamentalmente con la perfección en amor. El corazón del creyente es transformado de manera que el amor a Dios y al prójimo gobierna sus pensamientos, palabras y acciones. Esta comprensión tiene consecuencias directas para la acción social. La santidad no puede quedar limitada a prácticas privadas de oración, culto, lectura bíblica o ayuno. Estas prácticas son importantes, pero deben conducir al amor activo.
Wesley distingue entre obras de piedad y obras de misericordia, sin separarlas. Las obras de piedad orientan al creyente hacia Dios; las obras de misericordia expresan ese amor en relación con el prójimo. Alimentar al hambriento, vestir al necesitado, visitar al enfermo y al preso y atender a quienes sufren son manifestaciones concretas del amor cristiano. Por tanto, la santificación produce un cambio en la orientación de la voluntad. La pregunta ya no es únicamente «¿qué debo evitar?», sino «¿cómo puedo amar y servir como Cristo?». Esta transformación constituye la base de la santidad social.
“El evangelio de Cristo no conoce religión, sino social; no hay santidad sino santidad social” afirmó Wesley.1 El entendía la santidad social en el contexto del amor. No reduce la santidad a activismo social y tampoco considera que las acciones sociales sustituyan la relación con Dios. Su planteamiento es que el verdadero amor a Dios necesariamente se expresa en amor al prójimo.
La santidad social, entonces, puede entenderse como la manifestación comunitaria y práctica de una vida transformada por la gracia. El creyente santificado no vive exclusivamente para sí mismo. La gracia recibida genera responsabilidad respecto de los demás. Esta perspectiva permite conectar de manera directa la santidad social con doulos. El doulos de Cristo pertenece a un Señor que lava los pies de sus discípulos. Por ello, el servicio al prójimo no constituye una actividad secundaria, sino una consecuencia de la identidad cristiana.
5. Las cinco modalidades de acción social (O´Gorman)
La clasificación considerada en esta investigación distingue cinco modalidades: Parches, Escaleras, Manta de retazos, Colmenas y Balizas. Estas categorías pueden utilizarse como una tipología de diferentes formas de intervención social.
Los Parches corresponden a donaciones y ayuda directa. Representan una respuesta inmediata frente a una necesidad. Desde Wesley, esta modalidad puede relacionarse con las obras de misericordia. Su fortaleza consiste en atender concretamente al que sufre. Su riesgo aparece cuando la ayuda se limita al asistencialismo y no considera la participación del beneficiario.
Las Escaleras representan la provisión de información y habilidades. La acción ya no consiste simplemente en entregar recursos, sino en capacitar a la persona. Esta modalidad se relaciona con la comprensión wesleyana de la gracia como capacidad para responder y con la importancia de formar personas responsables y capaces de participar activamente en el bien.
La Manta de retazos representa proyectos de autoayuda. Aquí el énfasis se desplaza hacia la participación de los propios miembros de la comunidad. Los recursos, conocimientos y capacidades de diferentes personas se combinan para construir una respuesta común. Esta categoría tiene una fuerte afinidad con la visión wesleyana de la formación comunitaria y la responsabilidad mutua. Las Colmenas representan movimientos de base y acción colectiva. La comunidad deja de ser receptora y se convierte en sujeto organizado de transformación. Esta dimensión resulta especialmente compatible con la comprensión wesleyana de la santidad como realidad social. La vida cristiana se desarrolla en comunidad y mediante relaciones de responsabilidad, apoyo y servicio.
Finalmente, las Balizas representan la confrontación de la sociedad y las acciones constructivas. En esta modalidad, la acción social no se limita a aliviar las consecuencias de un problema, sino que busca confrontar las condiciones que lo producen y construir alternativas. Esta categoría puede dialogar con la dimensión profética de la práctica wesleyana, especialmente allí donde Wesley relaciona la misericordia con la defensa de los pobres y la confrontación de aquello que genera opresión.
¿Qué tipo de ayuda estamos dando?
Las cinco modalidades no deberían entenderse necesariamente como una jerarquía en la que las primeras son inferiores y las últimas superiores. Todas ellas son expresiones de amor al prójimo: aliviar la necesidad, capacitar a las personas, promover su participación, organizar comunidades y confrontar las condiciones que producen sufrimiento. El criterio teológico para evaluarlas no consiste únicamente en medir resultados externos, sino en preguntar si la acción manifiesta el amor de Cristo, respeta la dignidad y agencia del otro, promueve comunidad y contribuye al bien común.
Conclusión
La secuencia teológica que produce el estilo de liderazgo cristiano puede resumirse así: gracia → pertenencia a Cristo → identidad de doulos → comunión como amigo e hijo → transformación del corazón → amor perfecto → servicio → comunidad → santidad social → transformación.
Esta formulación permite integrar el lenguaje bíblico de doulos con la teología wesleyana de la gracia y la santificación y, a la vez, ofrece un marco para analizar diferentes formas de acción social cristiana sin reducir la santidad a asistencia, activismo o experiencia religiosa privada. El centro permanece en Cristo: el Señor que sirve, el amigo que revela, el Hijo que obedece al Padre y aquel que envía a sus discípulos a permanecer en su amor y producir fruto que permanezca.
Una vida orientada al servicio es el resultado de la gracia preveniente y del proceso de santificación, mediante el cual el amor perfecto de Dios inunda y transforma al creyente desde el interior. La santidad social expresa exteriormente esa transformación mediante acciones concretas de misericordia, participación comunitaria, justicia y construcción social. Desde Wesley, ninguna de estas acciones debe ser despreciada. La misericordia inmediata sigue siendo necesaria incluso cuando se busca una transformación más profunda. La cuestión fundamental es que todas ellas estén gobernadas por el amor.

Dra. Mónica Elizabeth Mastronardi
Oriunda de Argentina, junto a su esposo ha servido en Región Mesoamérica desde 1995.
La Dra. Mónica ha servido como Editora general de materiales para la Escuela de Liderazgo de Mesoamérica. También enseña cursos de discipulado, liderazgo y desarrollo de la iglesia en los programas de educación teológica. Ha hecho varias publicaciones, entre ellas las conocidas Lecciones Básicas de Discipulado, que han sido traducidas a más de veinte idiomas y dialectos distintos en los que la Iglesia del Nazareno ministra.
La Dra. Mónica tiene un Bachillerato en Teología de la Universidad Nazarena en Costa Rica, una Licenciatura en Administración de Recursos Eclesiásticos y una Maestría en Ciencias de la religión con Mención en Misiología, ambas de la Universidad Evangélica de las Américas en Costa Rica, un Doctorado en Ministerio del Nazarene Theological Seminary en Kansas City, Missouri, EUA y un Doctorado en Teología con Especialidad en Eclesiología de la Universidad Evangélica de las Américas en Costa Rica.

Referencias
- John Wesley en el prefacio de su colección de Himnos y Poemas Sagrados de 1739. https://iml-latinoamerica.org/2021/05/07/santidad-vivificante/ ↩︎
Bibliografía
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