Saltar al contenido

Moisés y la Oración

En el Antiguo Testamento, las oraciones de intercesión casi siempre son hechas por los «líderes» de la familia, de la tribu o de la nación.  Ese papel intercesor del líder va en función directa a su papel de «mediador» entre Dios y el pueblo. La oración de Moisés es transformada por el dolor y la pérdida. Se nos advierte, también, de evitar caer en la tentación de usar la adoración como medio para «torcerle el brazo» a Dios en favor nuestro. No es, pues, raro que el único salmo que lleve el nombre de Moisés sea el Salmo 90.  En este salmo, Moisés expresa todo su pesar y dolor.En Jesucristo, las oraciones intercesoras llegan a su culminación.  En él se ubican también nuestras oraciones, y él nos marca la pauta de la misericordia divina llevada hasta las últimas consecuencias.

Palabras clave

Moisés, intercesión, oración

Introducción

La primera parte del salmo 90 nos dice: «Mira a Dios y mírate, estás perdido». Después de la dura lección aprendida con Deuteronomio 3 y Salmo 90, Moisés aparece «graduado», y con honores, en Deuteronomio 9 y 10.  En estos versículos aprendemos la lección de la honestidad en la oración, y la enseñanza de orar desde la perspectiva de Dios. Se nos advierte, también, de evitar caer en la tentación de usar la adoración como medio para «torcerle el brazo» a Dios en favor nuestro.

Moisés, tristemente, pertenece a la generación marcada por el temor, la infidelidad y la rebeldía.  Esa generación no podrá pasar el río Jordán ni heredar la tierra.  Ha demostrado claramente su incapacidad de «ver» lo que Dios hace, y de «escuchar» lo que Dios promete y ordena.  Ella es un obstáculo de la gracia divina; es piedra de tropiezo para las generaciones del «mañana».   Le toca el turno a la generación de Josué, la del presente.  De esta generación dependerá la vida de la generación del futuro.

Deuteronomio 3:23-29

La sección 3:23-29 es el cierre de las secciones marcadas por el tiempo pasado.  En estos versículos se muestra la tensión de dos generaciones en las personas de los líderes: Moisés y Josué. Los vv. 23-29 presentan, a la vez, temas que abren la siguiente sección y que marcan el tenor de los discursos que Moisés presentará desde el monte.

Los versículos 23-26 ofrecen una lección sobre la oración.  Moisés no había perdido las esperanzas de poner pies en la tierra prometida. Espera el momento oportuno y se acerca con astucia a Dios. Sus armas no fueron argumentos de auto justificación ante Dios.  Prefirió «atacar» dirigiendo su argumento hacia el ego divino: «Señor Jehová, tú has comenzado a mostrar a tu siervo tu grandeza y tu mano poderosa; porque ¿qué dios hay en el cielo ni en la tierra que haga obras y proezas como las tuyas?»  Y cuando creyó que Dios había caído en sus redes, lanza las palabras que realmente le importaban más: «Pase yo, te ruego, y vea aquella tierra buena…»  Pero el Señor es Dios y no humano; así que Moisés no pudo salirse con las suyas.  Por supuesto que Dios respondió la oración.  Dio a Moisés una orden (vv. 27-28).

La tensión de las generaciones pasada y presente se muestra en la oración de Moisés a Yavé: «Pase yo, te ruego, y vea aquella tierra buena…» (v. 25); y en la respuesta de Yavé a Moisés: «…no pasarás el Jordán.  Y manda a Josué, y anímalo, y fortalécelo; porque él ha de pasar delante de este pueblo…» (vv. 27-28).

En este pasaje se nos da un primer perfil de Moisés; en otros pasajes encontraremos otros perfiles que completarán la «fotografía» que el Deuteronomio nos ofrece de Moisés como hombre de oración.  El sufrimiento o castigo a Moisés no es vicario, sino de solidaridad (véase 1.37; 4.21).  La historia que hasta aquí se ha desarrollado muestra que Moisés no ha sido el malo.  En medio de sus debilidades, Moisés mostró su amor, confianza y obediencia a Yavé.  Por eso se atreve a orar a Dios de esta manera (vv. 23-25).  Por eso afirma, sin titubeos, que el enojo de Dios (v. 26) contra él era por culpa del pueblo.  Eso hizo que, sin duda, después de esta rotunda respuesta de Dios, Moisés escribiera la oración que se encuentra en Salmos 90.

Moisés está parado en la parte más alta del monte Nebo, en las estepas de Moab, al lado oriental del río Jordán.  Sus ojos se llenan de emoción, su corazón late apresuradamente y de sus labios brota un suspiro: ¡Por fin, la tierra prometida!

Pero, un pensamiento cambia la figura alegre de su rostro con la marca del desconsuelo y la frustración; Moisés recuerda la advertencia divina: «[no entrarás] con esta gente en el país que les he dado» (Nm. 20:13, DHH). Moisés insiste y ora al Señor:

“Señor mío, tú has comenzado a mostrar a tu siervo tu grandeza y la fuerza de tu mano.  ¿Qué dios hay en el cielo o en la tierra que pueda realizar las hazañas y proezas que tú?  Déjame pasar a ver esa tierra hermosa allende el Jordán, esas hermosas montañas y el Líbano” (Dt. 3:23-25, NBE).

Y Dios replica:

“¡Basta!  No sigas hablando de ese asunto.  Sube a la cumbre del Fasga, pasea la vista a poniente y levante, norte y sur, y mírala con los ojos, pues no has de cruzar el Jordán…” (3:26-27, NBE).

¿Pero qué clase de Dios es éste? ¿Hacerle esto a Moisés, su siervo fiel quien aceptó el reto de ser el libertador de los hebreos? El que sobrellevó la carga tan pesada de guiar a ese pueblo tan terco y quejumbroso.

Salmo 90

No es, pues, raro que el único salmo que lleve el nombre de Moisés sea el Salmo 90.  En este salmo, Moisés expresa todo su pesar y dolor de manera vehemente:

“En verdad, tu furor nos consume, ¡nos deja confundidos!  Nuestros pecados y maldades quedan expuestos ante ti.  En verdad, toda nuestra vida termina a causa de tu enojo; nuestros años se van como un suspiro.  Setenta son los años que vivimos; los más fuertes llegan hasta ochenta; pero el orgullo de vivir tanto sólo trae molestias y trabajo.  ¡Los años pronto pasan, lo mismo que nosotros!  ¿Quién conoce la violencia de tu enojo?  ¿Quién conoce tu furor?” (Sal. 90:7-11, DHH).

Helo allí, golpeado y abatido; un hombre, un ser humano que descubre sorprendido y agobiado que el valor de la vida termina en «molestias y trabajo».

El salmo 90 se abre con una declaración hímnica a Dios:

“Señor (adonay), tú has sido para nosotros morada, de generación en generación.  Antes de que las montañas nacieran y de que formaras la tierra y el mundo, desde el pasado hasta el futuro, tú eres Dios” (vv.1-2).1

El salmo inicia con la palabra «Señor» y termina con ella (v.17).  A la vez, los dos primeros versículos quedan enmarcados entre dos «tus» divinos.  Ambos puntos señalan que toda la creación y todo el quehacer humano tiene en Dios su alfa y su omega.  Nada de lo que el hombre hace permanece al margen de Dios (véase Sal. 139).  Dios no es sólo el creador, sino la esfera de vida humana: ´Porque en Dios vivimos, nos movemos y existimos´ (Hch. 17:28, DHH 1994).

Antes de que el ser humano empiece a buscar el significado de su existencia y la comprensión de su ser, el salmo insiste en mirar primero «hacia afuera» y «hacia arriba». Antes de que el hombre mida su tiempo y piense en él, es invitado a reconocer el tiempo de Dios.

La declaración hímnica (Sal. 90:1-2) es la base de lo que se dice en los versículos 3-6.  Así como los versículos 1-2 forman dos partes, también 3-6 está formado por dos unidades paralelas: versículos 3-4 y versículos 5-6:

“Conviertes al hombre en polvo2 con solo declarar: <<conviértanse en polvo seres humanos>>.  Porque mil años son para ti como el día de ayer que ya se ha ido; como una partecita de la noche.

Acabas con los hombres, son apenas un sueño. Son como la hierba que por la mañana florece y crece, pero en la tarde se corta y se seca.”3

En estos versículos el salmista parte de la grandeza y eternidad divinas para poder describir la fugacidad y destructibilidad del hombre.  La palabra de Dios que hizo posible la creación, ahora se convierte en palabra destructora.  Ante Dios, el ser humano es hombre muerto.

El salmo es un duro golpe contra el autoengaño humano de creer que nuestro tiempo es ilimitado.  Se vive y se hacen decisiones como si nuestra vida en el planeta fuera permanente.

En realidad, nuestra vida es corta y al reconocerlo, nos enfrentamos al desafío de cómo vivirla al máximo.  Por ello, el salmo no sólo nos enfrenta a la realidad de nuestra finitud, sino también nos muestra que la vida la vivimos frente a Dios.  Es él y no nosotros mismos, ni nadie más quién evalúa nuestra vida y la juzga.  De eso, hablan los versículos siguientes:

“En verdad, tu furor nos consume, ¡nos deja confundidos!  Nuestros pecados y maldades quedan expuestos ante ti.

En verdad, toda nuestra vida termina a causa de tu enojo; nuestros años se van como un suspiro.  Setenta son los años que vivimos; los más fuertes llegan hasta ochenta [años]; pero el orgullo de vivir tanto sólo trae molestias y trabajo.  ¡Los años pronto pasan, lo mismo que nosotros!  ¿Quién conoce la violencia de tu enojo?  ¿Quién conoce tu furor?”  (Sal. 90:7-11)

Dice K. Barth: “Aunque oculto, el verdadero temor a la muerte es sin duda el temor que le tenemos a Dios. Es decir, en el punto en donde nos encontraremos al momento de nuestro fin, no es simplemente la muerte sino Dios mismo que nos espera.”4  Este temor nace del hecho de que ante Dios no podemos considerarnos de otra manera más que pecadores y malos hombres. En esa misma obra, Barth también dice: “La muerte, tal como la experimentamos los humanos, es el signo del juicio divino sobre nosotros.”5

Tanto la Biblia como nuestra humana historia nos dicen que cuando el hombre ha sido invitado a cumplir su vocación de humano, y lo hace por sí mismo, las cosas le salen mal.  Dios el Creador nos ha colocado en el mundo para realizar obras de amor, justicia y paz: “Pues es Dios quien nos ha hecho; él nos ha creado en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras (Ef. 2:10, DHH 1994).  Pero cuando el ser humano pierde la perspectiva divina y escucha otras voces o su propia voz, la empresa sale torcida.

En el Edén, el varón y la mujer salen despedidos hacia una vida de dolor y frustraciones porque decidieron hacer las cosas al margen de la voluntad divina: Permitieron que un animal cualquiera les dijera lo que tenían que hacer.  Y así, vez tras vez, ya sea David, o Jonás, o Acab, o Moisés, tan pronto el ser humano se desvía un poquito de la voluntad de Dios, eso lo hace colocarse ante la mirada enjuiciadora de Dios.

A ese Moisés que sacó tantas veces la cara por su pueblo, Dios le dice:

“He oído a los israelitas protestar contra mí.  Pues diles: ¡Por mi vida!, oráculo del Señor, que les haré lo que me han dicho en la cara; en este desierto caerán sus cadáveres, y de todo su censo, contando de veinte años para arriba, los que protestaron contra mí, no entrarán en la tierra donde juré que los establecería.  Sólo exceptúo a Josué, hijo de Nun, y a Caleb, hijo de Jefoné.

A sus niños, de quienes dijeron que caerían cautivos, los haré entrar para que conozcan la tierra que ustedes han despreciado.  Mientras que los cadáveres de ustedes caerán en el desierto.  Sus hijos serán pastores en el desierto cuarenta años y cargarán con la infidelidad de ustedes, hasta que se consuman los cadáveres de ustedes en el desierto.  Contando los días que exploraron la tierra, cuarenta días, cargarán ustedes con su culpa un año por cada día, cuarenta años.  Para que sepan lo que es desobedecerme.  Yo, el Señor, juro que trataré así a esa comunidad perversa que se ha amotinado contra mí; en este desierto se consumirán y en él morirán” (Nm. 14:27b-35, NBE).

¿Qué puede responder un hombre como Moisés ante esta respuesta divina, unida a la negativa de Deuteronomio 3:23-25?: “En verdad, tu furor nos consume, nos deja confundidos… ¿Quién conoce la violencia de tu enojo?  ¿Quién conoce tu furor?” (Sal. 90:7,11).

Moisés aprendió la dura lección de reconocer que la suma de muchas acciones buenas no giraba la balanza a su favor.  Su aparente pequeño error le costó no pisar la tierra prometida (Nm. 20:8-12). Si esa era la meta de su vida, ¡pobre Moisés! ¡Qué manera de morir fracasado!

La primera parte del salmo 90 nos dice: «Mira a Dios y mírate, estás perdido».

¿No es esa la dura y cruda realidad que ha tenido que aceptar el ser humano de hoy?  El ser humano ha querido construir este mundo por sí solo, a expensas de Dios; y cuando se mira a sí mismo, cuando evalúa sus logros, y aún si se atreve a mirar a Dios no descubre otra cosa que saberse perdido.

Y el salmo 90 vuelve a dejar caer su martillazo: la vocación humana otorgada por Dios en la creación, en nuestro aquí y ahora ha sido un fracaso.  El ser humano de hoy, a donde se vuelva encontrará que vive en un callejón sin salida; y si se encara con Dios, es hombre muerto.  ¿Qué hacer entonces?

El salmo 90 no termina con el versículo 11; ¡gracias a Dios!  Quien sea sensato, como lo fue Moisés, reconoce sus limitaciones y se prepara para dirigirse a la salida correcta.  El versículo 12, traducido literalmente dice así: «Por tanto, haznos saber a contar nuestros días y metamos en el corazón sabiduría».  Es decir: «Enséñanos a ser lo más sensatos posible para que aprendamos a usar bien nuestro tiempo y nuestras capacidades con tu sabiduría».

A partir de aquí el salmo da un vuelco de 180 grados. Varias de las palabras que marcaban aspectos negativos en la primera parte del salmo, ahora se repiten pero en una perspectiva positiva, feliz.

La primera palabra que se revierte es el verbo, «volver», «regresar», «convertirse».  La «vuelta al polvo», que equivale a la muerte, el acto de «descreación» (Sal. 90:3; contraste con Gn. 2:7) que fue accionado por la palabra divina: “…tierra eres y en tierra te convertirás” (Gn. 3:19, DHH 1994), ahora encuentra su antítesis con la apropiación del verbo por el ser humano y dirigido a Dios, en una llamada acuciante: «¡Regresa Señor! ¿Cuánto más te demorarás? ¡Arrepiéntete en favor de estos tus siervos!» Sólo con el «regreso de Dios», con su «conversión» y «arrepentimiento» puede el ser humano tener vida. El antídoto de la «vuelta del hombre al polvo» es la «vuelta de Dios a nosotros».

Y cuando Dios por fin se ha convertido al ser humano, los varios rincones de su vida se iluminan, y los «días» y las «mañanas» y los «años» cambian su terrible sino de efimeridad, molestia y frustración (vv.4,5,6,9,10), para convertirse en «mañanas», «días» y «años» de sabiduría, solidaridad y alegría (vv.12, 14, 15).  De acuerdo con el versículo 14, ese Dios que ahora se ha convertido al ser humano, se «solidariza» (ese es el sentido básico de la palabra hebrea jésed) con él.  La «mañana» de los versículos 5 y 6 que cuantitativamente marcaba lo corto de la vida humana, ahora, en el versículo 14 se convierte en lo cualitativamente grandioso de la solidaridad divina. ¡Qué importa que sea sólo la «mañana», con Dios ella se vuelve una «eternidad»!  La contraparte de los «días» (vv.4,9,10) y «años» (v.10) de la cólera divina, ahora, con la conversión de Dios, son los «días» (vv.14,15) y «años» (v.15) de fiesta y celebración.

Por fin el salmista se atreve a decir: «Haz palpable en medio de tus siervos tu obra y tu gloria; que se extiendan a sus descendientes» (v.16).  En la teología del Antiguo Testamento, la palabra hebrea («obrar») se usa para hablar de la obra liberadora de Dios en el éxodo (Nm. 23:23; Is. 41:4; 43:12-13; Sal. 44:2).  Y aquí en Sal. 90:16, Moisés pide al Dios convertido a hacer realidad el éxodo de nuevo. Si la obra del Dios solidario es gloriosa y su gracia nos acompaña, entonces nuestra humana labor –una palabra hebrea diferente a la del v.16– no sólo tendrá sentido, sino que gozará de fundamento y continuidad.  En efecto, Yavé nuestro Dios no sólo nos «enseña» (v.12) como vivir sabiamente, sino que a la vez nos acompaña con su tremendo sí divino y su excelso YO en nuestras empresas hechas en su nombre. Recuérdese el pasaje de la vocación de Moisés (Ex. 3:1-15): Yo estaré contigo… YO SOY EL QUE SOY… YO SOY.

El salmo 90 termina como empieza, con el reconocimiento de Dios como «Señor». Él es nuestra eterna morada y él es, por fin bondad.  Y así el salmo deja de ser una canción de lamento para convertirse en un poema sobre el poder de Dios en medio de la realidad humana.

En efecto, Moisés sí que hizo uso efectivo del «estrecho» tiempo que Dios le dio después de negarle por última vez la entrada a la «tierra prometida» (Dt. 3:26-27); usó ese tiempo con inteligencia y totalmente volcado a la voluntad de Dios.  Los discursos que Moisés presentó al pueblo tienen su contexto espacio-temporal en la cumbre del Pisga (Dt. 3:27).  Los días que pasó Moisés allí los dedicó totalmente a exhortar al pueblo, por medio de discursos, a reconocer en Yavé su único Dios y a vivir en absoluta fidelidad a él y volcado a la justicia social y la igualdad.  Moisés nunca bajó vivo de allá (Dt. 34:1-5); pero la oración con la que termina el Salmo 90 sí que ha mostrado su efectividad hasta el día de hoy: «Derrama, Señor Dios nuestro, tu gracia sobre nosotros.  Dale firmeza a lo que hagamos; sí, Señor, dale firmeza» (v.17).

Deuteronomio 9:28—10:10

Después de la dura lección aprendida con Deuteronomio 3 y Salmo 90, Moisés aparece «graduado», y con honores, en Deuteronomio 9 y 10.  Ante el pecado del pueblo, Dios profiere unas palabras muy difíciles de «digerir» (9:14): «Déjame que los destruya, y borre su nombre de debajo del cielo…»

Eso, por dicha cambiaría al final de esta experiencia tal como leemos 10:10: «Jehová… me escuchó esta vez, y no quiso… destruirte» (RV60).  Una paciencia y un perdón divinos que se muestran en conjunción con la paciencia y misericordia humanas.  Moisés, el profeta de Dios, es el líder solidario que acompaña a su pueblo hasta las últimas consecuencias.

¡Cómo difieren la actitud de Moisés y el contenido de la oración en esta circunstancia con la de 3:23-29!  Aquí, el pasaje dibuja a un hombre humilde –»me postré delante de Jehová… no comí pan ni bebí agua…» (9:18 RV60) – y altruista –»… no destruyas a tu pueblo… no mires a la dureza… impiedad… pecado» (9:26-27 RV60).  En 3:23-29, en cambio, Moisés sólo está preocupado por sí mismo y su actitud es arrogante y aduladora En ambos casos, Moisés recuerda el evento del éxodo para mover a Dios en respuesta favorable (3:24; 9:26, 29).  Pero sólo en la oración intercesora a favor del pueblo es que Yavé responde de acuerdo a la petición de su siervo: «Jehová… me escuchó… no quiso… destruirte» (10:10; cf. Am. 7:1-7).

Por supuesto que la respuesta de Dios no se restringió al perdón del castigo inminente e inmediato. El pasaje incluye en la respuesta del perdón, la renovación de la alianza.  Moisés volvió a labrar las tablas de piedra y Yavé volvió a escribir el documento de la alianza, los diez mandamientos (10:1-5).  Porque la continuidad del pueblo incluía no sólo el perdón del castigo, sino también la presencia constante de la instrucción berítica (berith) que aseguraba la existencia de acuerdo a los logros del éxodo, de acuerdo a la voluntad de Dios. El perdón del pecado no deja al pueblo a merced de sus propios intereses, frustraciones y caprichos; va acompañado de la voluntad divina en piedra y letra.  Es un perdón en el que la vida va unida a la voluntad de Dios y no a la de los hombres.  Por ello, la siguiente sección (10:12-11:32) abre con una invitación al pueblo a una reconsagración a Dios, incluyendo la «circuncisión del corazón» (10:12-16).

Llama la atención que esta oración apasionada de intercesión, como en otras del Antiguo Testamento (Gn. 18:20-33; Am. 7:1-7), se ofrece en el contexto de la amenaza de la destrucción inminente.  Y el contenido de la oración gira sobre todo en torno a lo que Dios es y ha hecho: sus promesas de elección y alianza, su obra redentora del éxodo, su reputación frente a los pueblos del entorno.  Es decir, no se incluye nada acerca de las acciones y cualidades de la persona que ora, o por quienes ora; el intercesor sabe que ni él ni el pueblo por quien ora tienen mérito alguno para arrancar la misericordia divina.  El carácter de Dios, su propio ser, su gracia e infinita misericordia, son las razones por la que el intercesor se atreve a pedir perdón en favor del pueblo.

Este pasaje anota algo extraño e inaceptable para algunos el día de hoy.  Dios se arrepiente; cambia sus decisiones (del castigo al perdón, de la muerte a la vida).

Deuteronomio 9:7-29 junto con Génesis 18:20-32 y Juan 17 son modelos de oración de intercesión. En ella, el orante se desprende de sus preocupaciones personales y entre en la presencia de Dios suplicando su ayuda, apoyo y acción en favor de otras personas.  Es el tipo de oración que se coloca en el corazón del mandamiento central de la Biblia al que hace referencia el apóstol Pablo en Romanos 13:8-12.  Es el tipo de oración al que alude Santiago 5:14-18.

En su estudio sobre la oración, Patrick D. Miller (1994)7, concluye que en el Antiguo Testamento, las oraciones de intercesión casi siempre son hechas por los «líderes» de la familia, de la tribu o de la nación.  Ese papel intercesor del líder va en función directa a su papel de «mediador» entre Dios y el pueblo.  Así como Abraham (Gn. 18.23-32) y Moisés (Ex. 32:11-13; Dt. 9:25-29) fueron voceros de Dios para el pueblo, lo mismo lo fueron del pueblo hacia Dios.  Por eso, la mayoría de estos líderes fueron profetas o se les consideró como tales (véase la oración de intercesión de Amos 7:1-6).  El caso de Jeremías es muy particular, porque reconciendo YHVH la solidaridad de Jeremías con el pueblo, Dios mismo le pide a Jeremías que no interceda por él (Jer. 7:16; 11:14; 14:11-12).  El mismo Miller (267) señala en su estudio que desde el punto de vista formal, las oraciones de intercesión siguen la misma estructura de las oraciones de petición.


Conclusión

En Isaías 53:12 (NBE) se dice así del Siervo sufriente: “Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él cargó con el pecado de muchos e intercedió por los pecadores». En Jesucristo, las oraciones intercesoras de Abraham, Moisés y Amós llegan a su culminación.  En él se ubican también nuestras oraciones, y él nos marca la pauta de la misericordia divina llevada hasta las últimas consecuencias.  Porque en Jesús, todo se coloca en perspectiva correcta.  El orden de las oraciones de Moisés –primero el yo (3:23-25) y después los otros (9:18-29)— con Jesús se invierte.  En la cruz, Jesús se preocupó primero por los otros –los enemigos, el ladrón desconocido, su madre y su amigo– y finalmente por sí mismo: –»tengo sed».  Jesús oró y lloró por Jerusalén (Mt. 23:37-39; Lc. 19:41), y sufrió y vivió en carne propia lo que significa interceder por otros: la muerte expiatoria en la cruz.

La muerte de Bonhoeffer en la Alemania Nazi, la muerte del obispo Romero en El Salvador, las persecuciones y muertes de sacerdotes y pastores en varios países centroamericanos, son lecciones concretas del amor intercesor y solidario en favor del pueblo amado, sea éste culpable o inocente.  Llama la atención la actitud de la Madre Teresa comparada a la de quienes afirman que el SIDA es el castigo divino a quienes han optado por una vida de promiscuidad y a espaldas de la voluntad divina.  Mientras que aquellos vociferan su condena, la Madre Teresa y sus misioneras han entregado su vida al servicio de los enfermos del SIDA y otros muchos a quienes la sociedad ha abandonado y rechazado.  Dice la Madre Teresa: “Nuestros leprosos, nuestros paralíticos, nuestros indeseados y no queridos: todos tienen necesidad de amor, de bondad, de recibir un trato de seres humanos.  En la sagrada hostia, durante la misa, vemos y tocamos el cuerpo de Cristo.  Con la misma delicadeza y amor, con la misma fe, debemos tocar el cuerpo de Cristo en los pobres.”8

En la cruz del Calvario, Jesús clamó: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc. 23:34).

En Moisés y en Jesús, los pastores llegamos a aprender que para el amor y la misericordia no hay límites si de por medio está la vida de nuestros feligreses, de nuestra congregación, de nuestro pueblo.  No hay trasgresión que pueda superar el anhelo de vida que Dios quiere ofrecer a los suyos, si estamos dispuestos a cargar sobre nosotros la culpa de ellos: Moisés no entró a la Tierra prometida; Jesús murió en la cruz, «fuera de la puerta» (He. 13:12-13).


Dr. Edesio Sánchez Cetina

Natural de Mérida, Yucatán, México, hijo del pastor Edesio Sánchez, de larguísima trayectoria en la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM).
Obtuvo la licenciatura en teología en el Seminario Bíblico Latinoamericano (SBL, Costa Rica) y en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, así como el doctorado en Antiguo Testamento en el Seminario Presbiteriano Unión, de Richmond, Virginia,  con una tesis sobre el libro de Deuteronomio que se convertiría en su especialidad.

Notas bibliográficas:

1 Mi traducción.  En ella trato de mantener la estructura del hebreo para ayudar al lector en el desarrollo de la exégesis del pasaje.

2 La palabra daka’ puede traducirse como «polvo», «estar desmenuzado», «ser abatido».  Forma parte del vocabulario de opresión.

3 Mi traducción.

4 Church Dogmatics III/2, T. & T. Clark, Edinburgh, 1960, pp. 606-607.

5 p. 596.

6 Si bien es cierto que la palabra (hifil) quiere decir en muchos contextos «consolar», es muy probable que aquí, como pasa en otros pasajes (l S. 15:29; Jer. 4:28; Zac. 8:14; Sal. 110:4), el sentido sea el de «arrepentirse».

7 Patrick D. Miller, p. 262-263

 8 J. L. Gonzáles-Balado, La sonrisa de los pobres: anécdotas de la Madre Teresa, Ediciones Paulinas, Madrid, 1981, p. 16.

Publicado enAntiguo TestamentoTeología Bíblica

Los comentarios están cerrados.